La piedra que recuerda al hombre
La piedra que recuerda al hombre
Hay una luz que nace de la piedra,
no como llama, sino como herida,
como si en cada grieta contenida
latiera lo que el tiempo nunca quiebra.
Segovia no se alza: se deshierra
del sueño de la tierra endurecida,
y en su silencio aprende que la vida
no es lo que pasa, es lo que nunca cierra.
El aire tiene filo en la meseta,
un filo antiguo, sobrio, necesario,
que talla el alma y la hace más secreta.
Aquí el dolor no grita: es calendario
de sombras donde el hombre se interpreta
sin ruido, sin mentira y sin sudario.
La sierra no es paisaje: es una forma
de estar en pie cuando la fe se inclina,
una lección de roca que destina
su eternidad al hombre que la norma.
El pino, en su temblor, jamás se transforma
en súplica: resiste y se adivina
en su quietud la ley que determina
que sólo permanece lo que afirma.
No hay ruido en la grandeza verdadera,
ni gesto innecesario en lo que importa:
la cumbre enseña más que la frontera.
Y el frío -ese maestro- nos exhorta
a no temer la vida que nos hiere,
pues hiere sólo aquello que soporta.
El acueducto no sostiene nada:
es la nada quien sostiene su equilibrio,
y en ese exacto y puro desvarío
la piedra se convierte en mirada.
No hay fe más firme que la no nombrada,
ni dios más cierto que el que no es delirio,
y en ese antiguo, sobrio ministerio
la forma vence al tiempo y lo desarma.
¿Quién levantó este pulso detenido
que desafía siglos sin temblar?
No fue el poder: fue el hombre desvalido.
El mismo que aprendió a no suplicar
y a sostener el mundo con sentido
cuando no tuvo nada que esperar.
Las calles guardan pasos que no han muerto,
no porque duren, sino porque pesan,
porque en la piedra intacta aún regresan
los nombres que el olvido dejó abiertos.
Aquí el pasado no es un tiempo incierto:
es una forma exacta de presencia,
es lo que queda cuando la conciencia
comprende que vivir no es estar cierto.
La luz recorre muros como un rastro
de algo que fuimos sin saber nombrarlo,
como un temblor que insiste en recordarlo
cuando creemos haberlo perdido.
No es nostalgia: es un pulso contenido
que vuelve al alma para revelarle
que todo cuanto intenta abandonarle
es, en verdad, lo único vivido.
La sierra dicta leyes sin palabras:
la dignidad del frío y del silencio,
la claridad brutal del desamparo
cuando no queda nada que sostenga.
Allí se aprende que la vida venga
sin garantías, limpia y sin amparo,
y que sólo quien mira lo más claro
puede abrazar lo que jamás se engaña.
La nieve borra el mundo innecesario,
deja la esencia al borde de los ojos,
y el hombre entiende entonces, sin antojos,
que todo exceso es siempre un comentario.
No hay más verdad que el gesto originario
de estar, de resistir, de no ser otro,
de aceptar que el destino no es un potro
que se domina: es un itinerario.
Cuando la tarde muere sobre el valle,
no muere: se recoge en otra forma,
y el sol, al retirarse, no deforma
la luz, sino que aprende a no estorbarle.
Es en ese instante -breve, insoportable-
cuando la vida muestra su estructura:
no es durar, no es vencer, no es la aventura,
es comprender lo que no es alcanzable.
Entonces todo calla y se ilumina,
no desde fuera, sino desde dentro,
como si el mundo, en su final encuentro,
se reconociera en su ruina.
Segovia no es ciudad: es disciplina
del alma que se mide sin medida,
es la certeza limpia y desvestida
de que vivir es sostener la herida.
Y al irse, el hombre sabe -y no lo dice-
que ha tocado la forma verdadera:
aquello que no exige ni perece.
No es gloria, no es memoria, no es espera,
es algo más profundo y más difícil:
la aceptación exacta de lo que era.
Porque hay lugares donde el hombre aprende
que no es la luz quien habita la tierra:
es la tierra quien guarda lo que enciende.
Y es la piedra quien recuerda al hombre.