PREMIO 2014
ENTREGA DEL PREMIO DEL III CONCURSO DE “CUENTOS DE CARNAVAL” ORGANIZADO POR “LA COLODRA”
El sábado, día 1 de marzo se llevó a efecto la entrega del Premio del III Concurso de “Cuentos de Carnaval” convocado por la Asociación Cultural Provincial “La Colodra”.
En esta tercera edición de dicho certamen literario, el ganador, entre un alto número de participantes de muy diversa procedencia, ha sido Raúl Clavero Blázquez, con domicilio en Madrid, por su original titulado “Superhéroe”, presentado bajo el seudónimo “Farfala Vendetta”. Al no haber podido el autor acudir al acto, envió una Nota de Agradecimiento en la que, tras disculparse por su ausencia, decía entre otras cosas:
“Quiero agradecer enormemente que me hayáis considerado merecedor de inscribir mi nombre en el palmarés de vuestro certamen junto a los de Yose Álvarez Mesa y José Ignacio Señán Cano, ganadores de las ediciones anteriores del concurso, y autores a los que admiro y respeto”.
El diploma acreditativo del citado galardón, dotado con 300 euros, ha sido diseñado por el pintor Rafael Sánchez Muñoz. El jurado estaba formado por Ana Isabel Martín Moreno, José María Aránguez y Ángel Esteban Calle.
Por su parte, Ana Isabel Martín Moreno leyó el cuento premiado, que fue acogido con calurosos aplausos por todos los asistentes al acto.
Superhéroe
Papá ha pasado toda la mañana tropezando hasta con su propia sombra. Me hace gracia verlo así de nervioso. Está como un flan, y eso que lleva ya varios años participando en la final de Agrupaciones. Quizá sea porque esta es la primera ocasión que yo voy a verlo en directo. Esta vez no he tenido fuerzas para negarme.
Después de media hora cambiándose de ropa en el baño, y cuando estoy a punto de empezar a preocuparme seriamente, papá, por fin, abre la puerta.
-¡Mira, chaval!- dice.
Ante mi, mi padre, o algo parecido a mi padre, con un traje de superhéroe, descolorido y apolillado. Es el mismo disfraz que papá se ponía en cada Carnaval cuando yo era pequeño. Tengo que pellizcarme para terminar de creerlo, y se me despejan de golpe todas las dudas: debería haberme quedado en mi casa.
-Papá, ¿en serio vas a ir con eso por la calle?
-Claro. Es Carnaval. Y pensé que te haría ilusión. Además, ¿sabes cuánto hace que no me ponía ”mi uniforme”? No. No lo sé. Pero si que sé cuando fue la primera vez que lo vistió. Jamás podré olvidarlo. Yo tenía cinco años y estaba viendo “La patrulla X” en la tele. Era un día como otro cualquiera hasta que llegó él, deslumbrante, con treinta kilos menos, mirada fiera y melena, hoy ya ausente, engominada. Entró al salón como un explorador que conquista una tierra desconocida. Su traje de personaje de cómic estaba nuevo, impecable. Yo lo miré casi sin reconocerlo. Él me guiñó un ojo, me tomó por los hombros y me llevó hasta una esquina del cuarto.
-Tengo que confesarte algo- susurró-. Pero es muy importante, y no debes contárselo a nadie, ¿entiendes? Verás hijo, yo… soy un superhéroe. Lo que pasa es que sólo en Carnaval puedo ponerme mi traje, si no, la gente se daría cuenta de mi verdadera identidad, y eso es algo que sólo podemos saber tu y yo, ¿comprendes?
Creo que durante unos minutos fui incapaz de hablar, de respirar, de pestañear, de moverme siquiera. Desde aquel momento cambió mi orden de prioridades. Mi padre pasó a ser el centro de mi mundo. Todo lo que él hacía estaba bien, todo lo que decía era lo correcto porque, ¿cómo iba a equivocarse un superhéroe?
Durante un tiempo el Carnaval se convirtió para mi en lo que para otros niños era la Navidad. Lo esperaba casi con angustia, con un sentimiento de anhelo que después no he vuelto a experimentar por nada. Los días previos no podía dormir y cuando mi padre, por fin, sacaba su capa del armario yo volvía a creerme el único guardián del mayor misterio del universo. Pero la fantasía, claro, no tardó demasiado en desaparecer.
Fue años después, cuando conocí a Tinín. Tinín había llegado deotro barrio y ya llevaba varios meses atemorizando a todo el colegio cuando una mañana, en un recreo, me acorraló contra una portería y me quitó mi bocadillo y unas cuantas monedas. Yo no pude aguantar más mi secreto, tenía ganas de gritarlo, y se lo dije.
-¡Mi padre es un superhéroe! Y cuando se entere de lo que has hecho, ya verás, te aplastará como a una mosca.
-Qué tu padre ¿¡qué!? Pero, ¿qué dices, tarao? Los superhéroes son de mentira. Un superhéroe, dice. Pues, a ver, ¿qué hace? ¿Vuela? ¿Se hace invisible? ¿Qué?
Forcejeé con él un buen rato y me llevé unos cuantos puñetazos. Pero, más que las heridas, dolió laduda que se me clavó entre ceja y ceja ¿Y si Tinín estaba en lo cierto?
Aquel Carnaval fue distinto. Ya no iba de la mano de papá. Lo seguía a unos pasos, a una distancia lo bastante amplia como para observar con algo de perspectiva todo lo que hacía. Y papá no hacía nada. Nada de nada. Y aunque yo no quería creerlo, en el fondo sabía que Tinín tenía razón. Pero debía confirmarlo, así que en la mañana en la que mi padre iba a debutar como miembro de una comparsa, se lo pregunté, se lo pregunté.
-Papá, ¿de verdad eres un superhéroe?
Lo supe de inmediato, por su expresión. La expresión de un chiquillo que es cazado en mitad de una travesura. Y sentí de pronto que mi vida se partía por la mitad. Me marché a mi cuarto y lloré durante horas.
A partir de ese instante, odié el Carnaval con la misma intensidad con la que antes lo había amado. Desde entonces, poco a poco, papá y yo nos fuimos alejando. Él comenzó a perder lentamente el ímpetu de su juventud. Yo, en cuanto tuve la edad, el coraje y el dinero necesario, me marché de Huelva. El tiempo hizo el resto. Y, a pesar de que entre nosotros terminó por establecerse una relación cordial, el tema del superhéroe nunca volvió a ser mencionado. Hasta hoy. Porque hoy vuelvo a caminar junto al superhéroe. Hoy entro con él en el Gran Teatro. Hoy lo veo reunirse con Batman y Spiderman y el Capitán América.. Lo veo subirse a un escenario con la misma naturalidad de quien pisa su propio hogar. Hoy él canta agazapado, para mi alivio, en una segunda fila que disimula lo precario de su traje. Y hoy comienzo a recuperar parte de la admiración que antes sentí por él. Hasta que en el último turno papá se adelanta y, casi desde el borde de las tablas, pide silencio.
-Quiero agradecerle a mi hijo, aquí presente, que haya venido a verme. Hijo, sé que hemos tenido nuestras diferencias, pero has de saber que siempre he hecho todo lo posible por hacerte feliz.
Yo no sé dónde meterme, quisiera desaparecer, pero de repente, papá se arranca en solitario con un pasodoble. Y sucede. Puedo verlo. Puedo ver lágrimas en los espectadores, y sus pieles erizadas, y sus latidos desbocados. Y puedo ver destellos de luz en la voz de papá. Y juraría que veo cómo el público flota, cómo se separa del suelo y se evapora. Y puedo vera a papá entregado y dominante. Puedo ver a papá. Puedo ver su superpoder.
Papá termina. Después un silencio sobrecogido. Finalmente una ovación. Mi padre se inclina ante los aplausos, me mira, y yo, que me siento incapaz de hablar, de respirar, de pestañear, de moverme siquiera, le devuelvo la mirada y pienso que, después de todo, Tinín estaba equivocado: papá si que es un superhéroe.

